lunes 13 de febrero de 2012

Con las mismas cartas

“Lo siento. No puedo ayudarte ahora: estoy ocupado con un tema. Pero mañana por la mañana tengo tiempo”.
Para mi, esa frase resumen los cuatro años y pico que llevo “batallando” por las tierras del jodío hereje, aprendiendo, enseñando, respirando y contando hasta diez algunas veces y, ¿Por qué no? A veces maldiciendo en un mucho más que perfecto arameo clásico con acento de Castilla.

La historia de esa frase es, como casi siempre, el reflejo de lo que, el tiempo y las circunstancias de nuestra sombra viven: poco a poco, “la fina lluvia” te cala y, sin saber muy como, un día, simplemente, las piezas se ponen en su sitio.

Me sucedió en Francia, lo he contado muchas veces: después de nueve meses maldiciendo a la República donde la “Libertad, Igualdad y Fraternidad” brillan de forma flagrante por su ausencia, un día me desperté y, sin saber muy bien a cuento de qué, de pronto todo cobró sentido.

Aquel lugar, que tantas veces me oyó nombrar a las madres de sus ciudadanos, se tornó como el hogar que, allá donde vayas, sin excepción, quieres encontrar para, así, dejar de extrañar lo que detrás dejaste.

Y así, cuando por fin lo logré, tuve que dejar París entre lágrimas... Y, años más tarde, aún sigo recordando todo lo que aprendí de aquel lugar con cariño, porque el tiempo, que es como el amor, suaviza las aristas e idealiza aquello que observamos.

Criticar a un país o a una sociedad, desde una perspectiva diferente, es un ejercicio sencillo: tu trasfondo cultural es el patrón y, todo aquello que no se ajusta a ese baremo es, por definición, mejor (si ganamos en el cambio), peor (si perdemos con el mismo) o diferente (la proporción de valor es similar pero los procedimientos son distintos).

Sabiendo que, de por sí, el humano es reacio a los cambios, sólo lo primero será aceptable, pero, ojo, siempre y cuando la ganancia sea netamente superior (el cambio resta puntos aún cuando se obtenga ganancia, haciendo aforismo el dicho "mal vale malo conocido, que bueno por conocer").

Hay cosas que me gustan de Holanda (lo crea el personal o no): es un país tranquilo, seguro y, en general, si no te metes en líos, vives una vida apacible.

Y, en el aspecto gastronómico, aviso: no, no pueden competir con nosotros en la comida, pero sus productos lácteos son ESPECTACULARES (la leche fresca y los yogures aquí son para morirse atiborrado :-)).

Hay también cosas que no me gustan: un país donde la gente vive casi aislada, con entornos sociales muy pequeños y herméticos, creados en el colegio y que, como consecuencia, hacen que la integración para un extranjero sea, a priori, complicada.

A veces me llama la atención como, delante de mi, dos holandeses hablan en inglés... Les digo entonces que, “por favor, sois holandeses, así que hablad en vuestro idioma” y ellos, simplemente se niegan.

Por eso, cuando se acusa al inmigrante de “no integrarse”, sin negar que hay casos donde ésto, efectivamente, sucede y de forma alarmante, en otras ocasiones es directamente culpa suya.
“Por favor, sois holandeses: hablad en vuestro idioma”.
Pero “la fina lluvia” acaba calando: poco a poco, el irreductible hispano que, “por el poder de una sonrisa, mientras viva, conquistará el Universo”, se va haciendo al lugar y, poco a poco, las cosas empiezan a cuadrar, apreciando quizás algunos aspectos que, tiempo atrás, consideré inaceptables o, por lo menos, apreciando ciertas partes de la cultura en la que vivo, convencido de que, a base de nuestra famosa divisa, “Resistir es vivir”, conseguiré mi propósito.

Los que me conocen y llevan por aquí un tiempecito conocen mi amor por un poema llamado “Ítaca” (escrito por un griego llamado Constantino Cavafis): a lo largo de los años he aprendido que, a diferencia de lo que creí, años hace, sobre alcanzar tu meta lo antes posible, lo que de verdad importaba del destino era el viaje en si, de ahí que, convencido de que equivocarse es maravilloso, haya cambiado el rumbo para así, disfrutar de verdad de las cosas que uno descubre en ese camino hacia la ciudad soñada.

Por eso y porque, como digo, aunque cueste a veces aceptarlo y el camino nos deje profundas cicatrices de recuerdo, las equivocaciones son lo más maravilloso que nos puede pasar en la vida, descubriendo poco a poco que, como Don Quijote, no sólo disfruto peleándome contra los molinos de viento de los diques sino que, matando dos pájaros de un tiro, también me intereso por su estructura, su mecánica y su historia.

Como en todo viaje y toda aventura, encuentras momentos buenos, malos y horribles...

¿Y qué le puedes hacer cuando esto sucede?

¿Qué quieres que te diga? Hay que vivir y aprender a resistir los embistes del destino: ayudar a los demás en la medida que puedas, dedicar a todo un mundo un ratito, por supuesto, pero también aprender a decir que no cuando tengas que hacerlo.

Porque debemos ayudar a los demás, por supuesto, pero no debemos dejar que nadie nos imponga esa obligación: tu destino es tuyo, como lo son las decisiones que conforman tu camino... Si permites que los demás tomen decisiones en tu nombre, no te quejes cuando el camino se tuerza en una dirección que no te gusta.

Viviendo por estas latitudes, hace ya años, en mis tiempos de ocupación de tierras germánicas (un sólo hispano contra ochenta y tres millones de alemanes: nadie dijo que sería fácil, pero Fronsflins me ofrecía apoyo operacional desde Madrid, lo cual siempre venía bien :-)), aprendí a apreciar ciertas cualidades que, con el paso de los años, se han tornado como no negociables.

Allá descubrí una sociedad amable y gentil donde, por encima de todo, se imponía, en mi opinión, la virtud de saber respetar la vida de los demás mientras, al mismo tiempo, aprendes a hacer respetar la tuya.

Hay muchas cosas que, como “latinos”, “mediterráneos”, “sureños” o, da igual, como nos queramos referir a nosotros mismos, podemos traer aquí: el sentido de comunidad, de la sonrisa ante la desgracia, del carácter explosivo frente al carácter introvertido e implosivo de una cultura donde “los sentimientos son sólo tuyos y no se muestran a nadie”.

Por eso, quizás, a veces me llama la atención que mis compañeros holandeses me imiten sonriendo: de una maravillosa amiga alemana, de mis tiempos en las Galias, aprendí que “un día que no sonríes es un día perdido”, lo cual no quita, ojo, que en el mismo día sonrías quince veces y te enfades catorce.

A veces, también, les llama la atención cuando, como Vulcano en la fragua, cuando le cantan aquello de "Vulcano es el venao, el venao", imitas la famosa "terribilitá" que Miguel Ángel sabía imponer a sus obras y notas que los muros y mesas tiemblan ante tu monumental cabreo.

Ser humanos nos define para bien para mal: renunciar a ello es tan estúpido como vivir enteramente a través de tus emociones.

Poco a poco, nos hacemos al lugar: un día empezamos a tomar una sopa con unos sándwiches de pan negro que, por la mañana, te has hecho deprisa y corriendo.

La leche vuelve a formar parte de tu dieta... Y te pones ciego (en serio: los productos lácteos son espectacularmente buenos por estos lares) y, en silencio, poco a poco, sin que nadie se dé cuenta, empiezas a decodificar “el ruido”...

Porque, sin saber muy bien como, de pronto hablas italiano con la asistente de tu departamento (que es un verdadero cielo en La Tierra) y, sin saber exactamente cómo, entiendes a tu compañero hablar en ruso al teléfono con su mujer...

“El ruido” se torna melodía y, poco a poco, sin saber cómo, las piezas del puzzle caminan solas hacia la posición a la que pertenecen: no sabes exactamente cómo sucede pero, quizás, con eso de que aquí el clima es más frío, las cosechas tardan más en germinar que en el otros lugares.

Y, de pronto, eres tú el que lleva la batuta: has aprendido a resistir y, analizando sus gestos, sus expresiones, su cultura y su forma de vida, has aprendido a ver cosas que ni ellos mismos ven y eres capaz de explicar su propio comportamiento (perteneces a otra cultura: ahora, no sólo eres capaz de juzgar, sino que, además, posees perspectiva).

Has observado, en silencio a veces o, en otras, preguntando el porqué de las cosas, la forma en la que un conjunto de individuos piensan, se relacionan, se comunican y colaboran...

Has sido tú quien, de pronto, utiliza su cultura en sus protocolos, quien hace reuniones aplicando la “filosofía Polder”, quien es más pragmático que ninguno, más directo que nadie, más claro que el agua y, sobre todo, con el deber moral de recordar, cada vez que le abres la puerta a una persona y le cedes el paso, que uno no “es cortés”, "educado", "gentil" o “amable” sino que, acompañado con con una gran sonrisa de regalo con el pack, indicas que eres:
“Español... Soy español”.
Quizás todo esto no tenga mucho sentido para ti: algunas cosas hay que vivirlas para poder así entenderlas, aunque los sentimientos, créeme, serán los mismos para todos cuando termines de leer este post.

Y eso lo sé porque eres capaz de entender estas palabras: da igual en que lado del charco o en qué lugar del mundo vivas, porque hay cosas inherentes a lo que un idioma es capaz de enseñarte y transmitirte.

Porque el truco, si vuelves a leer la frase que dio comienzo a este post, no está en su contenido, sino en su forma: desde hace unos meses, casi casi por ósmosis (un día intentare explicar cómo funciona “eso” a lo que llamo cerebro), “el ruido se convirtió en melodía”, pudiendo finalmente entender todo lo que se dice a mi alrededor (y, si no todo, una enorme mayoría).

Porque, a veces, ya lo deberías saber, las cosas no son lo que parecen, sino más bien una interpretación de lo que vemos, sentimos, escuchamos o, en este caso, decimos:
“Het spijt me: Ik kan nu U niet helpen: Ik ben druk bezig. Morgen ochtend heb Ik tijd vor U”.
Ahora entiendo su idioma y, sin saber exactamente cómo, empiezo a usarlo en mi vida cotidiana: han empezado a hablar más rápido y a utilizar jerga para que no pueda seguirlos, pero eso sólo consigue incrementar mi interés y mi atención.
“Por favor, sois holandeses: hablad en vuestro idioma”.
Da igual que intenten correr: ahora lo comprendo casi todo y las piezas empiezan a cuadrar una detrás de la otra.

Es la hora de volver a empezar, pero, esta vez, jugando todos con las mismas cartas.

Ahora van a saber de qué materia estamos hechos.

Eso es todo: ¡Ámsterdam Prevalece! :-))



Paquito
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